Toc, toc (microcuento mano a mano con <a href="http://earful.bitako.com/archivo_20020501.html#20020507152042">Earful</a>)

ImagenAntes de arrancar, Lola echó el último vistazo a la casa, y no sintió nostalgia. Amanecía y el agua caía en un ritmo irregular sobre el parabrisas. El cielo era un borrón de tinta corrida por la lluvia. Lola soltó el freno de mano y salió dejando una estela breve sobre el asfalto mojado de la avenida.

Ya sólo recoger a Miguel y salir de allí. Lejos. No más cuidar las apariencias, midiendo los gestos, siempre al paso de lo que dijeran en el barrio. “Ya está. Dentro de un momento, mi vida es mía”, pensó. Y jugueteó con ese pensamiento mientras el pequeño Renault amarillo pálido, con un ronroneo alegre y ligero, cargado con tan pocas cosas, dejaba atrás la tienda de frutos secos de Remedios, y el quiosco de prensa, y el bar de la rotonda, ya iluminado, donde los obreros tomaban el primer café del día.

Al paso del coche, las farolas de la avenida se apagaron cediendo el turno a la luz de la mañana estrenada, mientras Lola repasaba contenta sus imágenes del futuro. Las cosas que uno espera siempre resultan ser distintas, pero a Lola le gustaba imaginarlas por anticipado. Cómo sería la gasolinera donde le habían conseguido el nuevo trabajo. El rostro del encargado, con el que sólo había cerrado el trato por teléfono. La pensión que ocuparían al principio, mientras se hacían con algo de dinero, la barriada grande y anónima en la ciudad lejana, la ciudad desconocida donde nadie sabría de ella, donde tendría la oportunidad de ser nadie para ser de nuevo ella misma.

Cerca de la salida del pueblo, tomó una calle pequeña a la derecha y paró frente al cercado de ladrillos de la casa de Miguel. La lluvia había amainado un poco. Esta vez no dejaría el coche en la calle de al lado. Que se enteren. Miguel y ella se marchaban juntos, y el pueblo podía seguir cociéndose en su caldo apestoso de habladurías y de mediocridad. Eso seguiría siempre. Pero ella ya no estaría allí para aguantarlo.

Cubriéndose con el paraguas, abrió la cancela oxidada y se paró un momento en medio del patio delantero. Dentro no se veía luz. Lola sintió una presión en el estómago, como cuando vas a examinarte del carné de conducir o te decides por fin a hacer esa llamada de teléfono. Estaba a punto de dar el paso definitivo. Todo estaba hablado y sólo quedaba tirar para adelante, meter en el coche a Miguel y a las pocas cosas que quisiera llevarse, y desaparecer por la carretera nacional. Ya se veía en la carretera, ya de viaje con él. Sin vuelta atrás.

Pero entonces, ¿por qué estaba nerviosa?

Lola se arregló el cuello del jersey. Allí estaba la puerta de una vida nueva. Tras un viejo pozo cancelado con cemento, y un castaño de yemas abultadas, a punto de abrirse gozosas a una primavera nueva. Tocó en la puerta pintada de verde desconchado. Detrás de la puerta, el futuro. Un futuro mejor, eso seguro. Volvió a tocar. Un futuro lejos. Oyó pasos dentro. Un futuro con Miguel.

Mientras sentía abrirse la puerta, Lola empezó a sonreír.

César Astudillo      2002-05-07 10:52 - antiguos

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