Insatisfacción (microcuento)

ImagenHabía cesado el ruido de la batalla, y sólo se oía el silbar del viento y los gemidos de los guerreros moribundos. Sobre la llanura, la muerte terminaba con pulcritud su tedioso trabajo: todo estaba lleno del viejo olor de la sangre. Jamás lograré acostumbrarme a ese fastidioso hedor metálico de la sangre.

Levanté la vista. El viejo sol se arrellanaba bostezando en el cielo anaranjado. Era el tiempo de volver a la fortaleza: hoy habíamos terminado pronto. Limpié la sangre de mi espada (sangre estúpida, se pega a todas partes) y la envainé con un suspiro. Throg y Zania ya removían los cadáveres de los derrotados, en busca de la séptima daga.

Siempre lo mismo.

Lo de las Siete Dagas de Garandor estaba prácticamente terminado. Dos días de descanso, y después empezaríamos la búsqueda del Zafiro del Poder. Después del Zafiro del Poder, era posible que nos saliera lo del Dragón de la Tierra de la Lava, pero aún no había nada seguro. Siempre lo mismo. De rey usurpador en rey usurpador, de mago malvado en mago malvado, de objeto mágico en objeto mágico. Unos pocos días de descanso entre batallas, y después otra vez. Las breves fiestas de invierno en la fortaleza, y otra vez. Un viaje en verano a las praderas de Kirilian, y otra vez. Así año tras año tras año.

Me pregunto en qué momento preciso me dejé vencer, en qué momento renuncié a una vida distinta y elegí ésta. Yo no quería esto, pero, como todos los de la casta guerrera, me dejé llevar. Se supone que somos hombres libres. Pero al final, todos acabamos siguiendo el camino marcado, las hondas roderas sobre las que han desfilado, uno tras otro, los carros de nuestros antepasados. A los diecisiete años, te dan tu primera espada mágica y a luchar. A las tres o cuatro batallas ya sabes que vista una, vistas todas. Luchar por nada. Porque es tu trabajo. Batalla tras batalla, mientras te vas haciendo viejo, mientras el premio antaño codiciado se hace insípido, las ilusiones se desvanecen, y tu vieja compañera la muerte pasea a tu lado esperando, siempre paciente, a que te llegue el turno.

Yo tenía sueños. De niño, yo leía durante noches enteras los pergaminos de la Sala de los Misterios, sumergido en mundos extraños y maravillosos: las urbanizaciones de la zona oeste, los parques tecnológicos de las afueras, los bares de tapas.

En el fondo, aún soy ese niño. Aún añoro aquel mundo inexistente. Me imagino levantándome en un sexto piso de una ciudad periférica, desayunando tostadas, conduciendo por la autopista de circunvalación hacia el parque empresarial. Aún me veo a mí mismo como un joven programador de computadoras. Analizando requisitos, diseñando funcionalidades, peleando con el código, depurando mis aplicaciones hasta que la magia fuera completa, hasta que la computadora cantara la música de mis programas como un arpa bien afinada. Tapeando en la cervecería, viendo televisión todas las noches. Y yendo al cine los viernes. Y comprando en grandes superficies.

Pero no existen esas metrópolis de cemento y acero, esos atascos de automóviles, esos pinchos de tortilla. Sólo existe esta mierda de mundo mítico, esta espada mágica de mierda y esta mierda de trabajo.

Throg encontró la Séptima Daga entre los pliegues de la túnica de un Nigromante decapitado. La guardamos en el cofre y subimos a los caballos. Si nos dábamos prisa, llegaríamos a la fortaleza antes del amanecer.

César Astudillo      2002-04-26 07:31 - antiguos

Comentarios

  1. Anónimo, 2002-04-26 07:46:
    Fantástica idea, incluso la existencia de los dos mundos al mismo tiempo. Porque no?
  2. Earful, 2002-04-26 08:01:
    Creo que, de todos tus cuentos, este resume mejor que ninguno el espíritu de un verdadero “outsider”. A saber: convertir lo extraño en habitual y lo habitual en extraño.

    Felicidades por el cuento.

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