Automejora (cuento)

ImagenLas personas hemos sido divididas desde la infancia en dos categorías. La pertenencia a una u otra categoría es algo muy fácil de discernir. Sin embargo, ambos tipos de personas están uniformemente mezclados por igual en casi todos los estratos de la sociedad, del mismo modo en que se mezclan las moras de goma rojas y negras en las tiendas de dulces. La primera categoría es la de aquéllos que han sido condicionados con la siguiente consigna: “Tú eres más que los demás”. Es el bando de los ganadores. A los miembros de la segunda categoría los han programado con una declaración no menos sencilla: “Tú eres menos que los demás”. Es el bando de los perdedores. Una señora se me cuela en la cola de la pescadería con una naturalidad realmente admirable. Yo siento cómo me sube la sangre a las sienes. Pero no dejo salir ni un solo sonido de protesta de mi boca de pez hervido. Más tarde, siempre demasiado tarde, me doy cuenta de que ella, desde su bando, y yo, desde el mío, acabamos de contribuir con esta brevísima escena al vasto y previsible drama diario que se representa día y noche en este planeta.

Como acabo de insinuar, yo siempre me he reconocido inconscientemente alineado en el bando de los débiles. Y hasta hace exactamente un año, como casi todos mis compañeros de categoría, he vivido mi condición en una narcótica y morbosa complacencia. A esto siempre ha ayudado lo que Enrique Páez definía un día acertadamente como “ese diminuto policía franquista que mi madre me implantó en la cabeza”. Siempre que dentro de mí ha surgido el más mínimo impulso de protesta o de autoafirmación, he notado como la descarga de un electrodo invisible disolvía mi conato de rebeldía justo en el instante en que debiera haber hecho valer mi derecho. A continuación, y cuando ya era tarde para rechazar el abuso, el diminuto policía franquista siempre tenía el gesto piadoso de proporcionarme una lista de explicaciones perfectamente razonables que justificaban mi pasividad. Y es que los perdedores profesionales siempre encontramos la excusa perfecta para seguir perdiendo.

Así me he ido conduciendo por la vida, como he dicho, hasta un día lluvioso del que hoy se cumple exactamente un año. Un chaparrón me había obligado a refugiarme en uno de esos almacenes-cafetería en el centro de la ciudad, y allí encontré el libro de oferta. O mejor, fui encontrado por él. Su título, en letras blancas y rojas: “Cuando digo no, me siento culpable”, de Manuel J. Smith.

Simplemente leer el título me provocó una experiencia de identificación tan intensa y repentina, que me pareció que el libro me hablaba sólo a mí, que me llamaba por mi nombre con su vocecilla tipográfica de edición en rústica. Me lo terminé en dos tardes y luego continué con la bibliografía adicional que se sugería en sus solapas. Pronto me convertiría en el seguidor más entusiasta de lo que llaman en Estados Unidos “entrenamiento en asertividad”. Para aquéllos que no estén al día, diré que la asertividad consiste básicamente en aprender a poner los propios derechos y aspiraciones al mismo nivel de dignidad que los de los demás, y a hacerlos valer por encima de ese sumiso deseo de agradar a todo el mundo que nos ha sido impuesto a los programados para perdedores.

En los meses que siguieron, me suscribí a varias publicaciones periódicas que obedecían a esta loable corriente. Ofrecían programas de modificación de la conducta de los que me impuse diversos ejercicios, cada vez de mayor dificultad, con el fin de fortalecer mi propia estimación. Recuerdo que completar el primero de ellos descubrió para mí el esfuerzo de vencer antiguas y poderosas resistencias. Consistía simplemente en entrar en una tienda cualquiera, preguntar por un artículo, tenerlo en las manos, informarme bien sobre todas sus características, y finalmente, no comprarlo. ¡Cuántos esfuerzos fallidos, cuánta lucha interior, hasta que conseguí poner en práctica este sencillo ejercicio! Y cuando al fin lo conseguí, ¡qué sensación de ligereza, qué bocanada de aire fresco, qué liberación! Me di cuenta de que había dejado detrás el primero de una serie de lastres penosos. Y durante los últimos doce meses, no he hecho sino mejorar.

El mes pasado empecé a poner en práctica el último de los ejercicios avanzados. Aquellos lectores que nunca hayan estado atados por mis antiguas servidumbres, no lo juzgarán como un ejercicio difícil, pero para mí, desde la perspectiva de mis debilidades, fue la coronación de un meritorio viaje de crecimiento personal. Consistía en lo siguiente: “No respete necesariamente todas las actitudes de la gente. Hay actitudes que no merecen ser respetadas. Cuando juzgue que la actitud de una persona no es digna de respeto, elimínela del mundo matando mentalmente a dicha persona”.

Al principio tuve la tentación de escandalizarme por la propuesta. El policía franquista quiso decir algo, pero para entonces ya estaba demasiado debilitado por mis esfuerzos asertivos de un año. Salí a la calle y enseguida un bramido ensordecedor estuvo a punto de volverme loco. Un joven había pasado a pocos centímetros de mí, a toda velocidad, con una de esas motos de pequeña cilindrada a las que se ha recortado el escape, fracasando por los pelos en su intención de atropellarme y obteniendo un éxito bastante razonable en su propósito de destrozarme los tímpanos. Casi sin pensarlo, me di cuenta de que era el momento de empezar a poner el ejercicio en práctica. Lo siguiente que vi fue al muchacho doblándose sobre la motocicleta de una forma poco natural. A continuación, la moto y el chico se deslizaban cada uno por su lado por el asfalto mojado, él dando tumbos casi ingrávidos como un muñeco de trapo. Y por último, se estableció un maravilloso silencio. Habría jurado que un viejo de gabardina gris que caminaba por la acera de enfrente me dedicó una sonrisa de agradecimiento.

Aún estaba sorprendido por el primero de mis éxitos, cuando, al día siguiente, yendo al trabajo por la mañana, un tipo se cruzó de mala manera por delante de mi coche, y sin contentarse con eso, sacó el cenicero por la ventanilla y lo agitó con alegría, soltando una nube de ceniza y colillas que se metió por mi ventanilla haciéndome toser de disgusto. Solté suavemente el acelerador para aumentar en unos metros mi distancia de seguridad con aquel caballero, y poco después le vi soltar el volante para desplomarse sobre el asiento contiguo. Gracias a la maniobra previa, pude esquivar su coche con facilidad cuando invadió el arcén y vino a alojarse con un crujido en la profunda cuneta, con las ruedas traseras girando en el aire.

Aquella noche, como en una especie de brindis por mi crecimiento personal, invité a mi mujer a cenar en un restaurante que recomendaban en la guía. Cuando llegamos, pedí mesa para dos. El recepcionista me prometió que habría sitio libre en diez minutos. Al cabo de tres cuartos de hora, no sólo no habíamos sido acomodados, sino que pude ver cómo el empleado cedía sendas mesas libres con gesto servil a dos parejas que habían llegado bastante más tarde que nosotros, si bien hay que reconocer que estaban mucho mejor vestidos. El recepcionista se llevó una mano a la garganta, emitió un quejido bastante desagradable, parecido a un eructo, rodó escaleras abajo y aterrizó sobre un carrito en el que yacía un lechón asado con los ojos desmesuradamente abiertos y opacos (me refiero a los ojos del recepcionista). En consideración a las personas que estaban cenando allí, debo confesar que en aquel momento no me distinguí por mi buen gusto, aunque la dimensión estética de la escena bien podría haberse atribuido a algunos filmes de Peter Greenaway.

En los días siguientes, opté por refinar mis objetivos y mis métodos. Supe evolucionar desde la actitud reactiva de actuar sobre aquéllos que me importunaban, hacia la actitud proactiva (o preventiva, si prefieren llamarlo así) de ocuparme de aquéllos que podrían importunarme en potencia, o que, aunque no me ofendieran en modo personal, sí lo hacían desde un punto de vista ético o estético. Así, una noche estaba saboreando un Margarita en un café mientras escuchaba una pieza sublime de Ella Fitzgerald, y se sentó en la mesa de al lado un joven de pelo rapado, jersey de lana y pendiente en la oreja izquierda, que pretendía impresionar a su pareja con un discurso basado en lugares comunes sobre el desarrollo sostenible, el ejemplo de Chiapas y la globalización. Todo ello expresado en una voz de pito ciertamente estridente que convertía la escucha de la portentosa cantante negra en una tarea imposible. Me dije: “Me resigno a no poder escuchar a la Fitzgerald por culpa de las obviedades de este caballero, pero como ahora le dé por sacar el tema de las multinacionales, tendré que actuar”. Y pocos segundos después escuchaba su voz de silbato de feria: “¿Y quieres saber quién está detrás de todo el sistema?” Me puse alerta. “Las multinacionales”. Seguidamente emitió una especie de carraspeo modesto y luego se deslizó hacia el suelo, resbalando por la silla de un modo que me pareció casi grácil. Aún me dio tiempo a escuchar un solo de piano de Bill Evans mientras sorbía mi Margarita con la satisfacción del trabajo bien hecho.

Las habilidades bien entrenadas acaban ejercitándose sin apariencia de esfuerzo, y llegué a depurar mis métodos de modo que mis pequeños actos estéticos no pudieran relacionarse con mi voluntad. Atribuyamos esto a que no soy vanidoso ni dado a acaparar méritos. Por espacio de varios días, me especialicé en distintas categorías de personas. Un día fueron aquellos jóvenes de buena familia que bien pasados los veintiún años siguen considerando que les favorece extraordinariamente cultivar un cierto aspecto de sujetos peligrosos, contraculturales o sencillamente aturdidos por alguna droga imaginaria. Otro día, los que se han dejado llevar por esa corriente lingüísticamente impresentable que afirma que la lengua castellana es machista y pretenden librarla de dicha condición escribiendo cosas como “Las profesoras y profesores dialogarán con los padres y madres de los alumnos y alumnas”. Ayer mismo, liberé al mundo de uno de esos autodenominados diseñadores gráficos que abusan del símbolo de la arroba como una especie de salvoconducto de modernidad. La reacción de la gente al ver su cadáver fresco sobre el suelo gris de la acera, con su camiseta naranja, sus pantalones negros de corte militar, su perilla negra y sus gafas de cristales amarillos, me produjo el modesto orgullo del que ha creado por unos instantes la magia del “performance”.

Lo que empezó para mí como un mero ejercicio se ha convertido ahora en una interesante afición. Matar a aquellas personas que me perturban ha pasado de ser una reacción de cierta autodefensa a un íntimo proceso creativo; casi, si se me permite, un modesto acto de justicia poética. Ayer por la tarde, acababa de dejar sobre el suelo, violáceo y exquisitamente silencioso, a un niño que lloraba más de lo tolerable por un simple huevo de chocolate en la cola del supermercado. Al salir del local, encontré el envoltorio de un helado tirado en la acera. Me agaché, lo cogí con dos dedos y lo deposité en la papelera más próxima. Entonces empecé a darme cuenta. Mi pequeña afición no sólo me proporciona satisfacciones muy estimables. Además, me está convirtiendo en mejor persona.

*making_of:*Escribí esto como ejercicio de un curso del Taller de escritura de Madrid. El tema era el “humor negro al estilo español” (como el de Max Aub o Fernández Flórez) basado en la inversión de valores. Objetivo: Contar una historia en la que determinados valores (como aquí, la urbanidad y el buen gusto) pasan a ser muy importantes, mientras que otros (como el respeto a la vida ajena) se convierten en irrelevantes. El objetivo secundario era provocar un poquito a mis compañeros de taller, metiéndome con ciertos estereotipos en los que muchos de ellos encajaban (¡y yo también!)

César Astudillo      2002-04-10 12:02 - antiguos

Comentarios

  1. jmarquez, 2002-04-10 12:17:
    Genial!
  2. Cere, 2002-04-10 12:32:
    Cojonudo!
  3. Ulisses, 2002-04-10 12:47:
    Brilliant!!!
  4. Anónimo Jr., 2002-04-10 13:02:
    Sabes, siempre hay situaciones en la vida donde aprendes a distinguir entre conceptos confusos o intercambiables, como por ejemplo, en las creaciones personales, deberíamos felicitar la virtud o agradecer el regalo. Bueno, pues llegado a este punto no puedo por menos que acordarme de un piropo que muy acertadamente dirigió un antiguo compañero de trabajo a una señorita que paseaba con su madre “Señora! que la cuide a usted bien Dios… que de su hija, ya me encargo yo”. Pues bien no me queda otra que agradecerte este y todos los demás regalos, de felicitarte ya se encargará el que corresponda.

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