Sonetos de otoño (1 de 5)Autor:Earful

ImagenSus ojos. Me impresionaron sus ojos negros, grandes, con largas pestañas, con ese brillo pícaro que le hace irresistible. Le conocí en la fiesta que los Stafford dieron con motivo de la petición de mano de su hija Patty el pasado julio. Como secretaria y contable del señor Stafford, recibí la invitación dos semanas antes. No me gustan las invitaciones a actos sociales y habitualmente las declino, pero en este caso fui, empujada por los brazos de un destino que se sabía más fuerte que yo misma.

La reunión fue tan aburrida e insípida como cabía esperar. Brindis llenos de tópicos añejos, pequeños discursos en los bolsillos de las chaquetas y sonrisas más propias de un retrato de Gainsborough que de una cara humana. Patty se casaría con James Northants, un escuálido muchacho de pelo rojizo y cara de ratón, y todos nos congratulábamos por ello. El padre de James, Timothy Northants, monopolizaba el negocio del acero en el norte de la isla con más de un centenar de factorías y para Thomas Stafford, el matrimonio entre Patty y James supondría el empujón definitivo para sus negocios como armador.

Mi mirada estuvo clavada durante horas en aquel desconocido de ojos oscuros y profundos. Suya era la única sonrisa verdadera en todo el salón. Quise saber su nombre, y así se lo dije a Molly Suffolk, mi amiga desde la infancia e hija del señor Suffolk, la mano derecha de Thomas Stafford. Sabía que gracias al desparpajo de Molly y su total desprecio por las convenciones sociales, conocería el nombre de él, su estado civil, su oficio, su titulo, si lo tenía, y gran parte de su carácter antes de que acabase la fiesta. Así fue. Johnatan Somerset. Soltero, importador de especias, viajero, inteligente y simpático. Sin título, pero guapo. Muchísimo. Y se había interesado por mí. Un codazo de Molly, acompañado de una de sus pícaras sonrisas, hizo que saliera al jardín roja como una granada, buscando el aire fresco de la tarde.

En las semanas siguientes a la fiesta, mi corazón pasó del frío hielo de la indiferencia romántica al encendido fuego de la pasión amorosa. Necesitaba verle. Aún recuerdo mis manos temblorosas al depositar un sobre sin franquear en su buzón. La carta, perfumada y llena de pasión educada, surtió efecto, pues desde la tarde siguiente no ha pasado ni un solo día sin que nos veamos. De aquello hace ya cuatro meses, una semana y dos días.

Siempre nos citamos al atardecer en los jardines Devon, en nuestro banco, frente a la fuente pequeña. Llegamos de forma casi furtiva, él deposita su muleta sobre el banco y nos leemos sonetos frente al horizonte rojizo del día que agoniza.

Para ser sincera, tendría que decir que es Johnatan quien me lee sonetos. Su caída de Coal, su caballo negro como el azabache, debida a una cincha extrañamente mal abrochada, le ha dejado con una cojera muy aristocrática y una sordera muy conveniente desde hace dos meses. Él me lee sonetos y, después, yo le cuento, con el libro abierto entre las manos, las últimas noticias del embarazo de Pamela Warwickshire, lo difícil que se ha vuelto últimamente conseguir buena seda cruda para un vestido o mis indecisiones en cuanto al peinado más adecuado para la próxima reunión social en que anunciaremos nuestro feliz compromiso. Y él me escucha, embelesado, con un aire de bruma y de felicidad sorda, mientras presta atención a lo que digo, saboreándolo, paladeándolo como si fuesen los sonetos más deliciosos que ha podido escribir Elizabeth Barret Browning.

Es el amante perfecto, pues cada palabra que sale de mis labios es pura poesía, cálida y dulce, para él. Estoy segura de que también será el marido perfecto en cuanto se acostumbre a su recién adquirida imposibilidad para viajar y consiga convencerle para que cambie su muleta por un elegante bastón de ébano de Macassar.

César Astudillo      2002-06-14 06:57 - antiguos

Comentarios

  1. Outsider, 2002-06-14 07:12:
    Así que tu noción de “literatura romántica” se refería a cosas tipo Emily Bronte… Perfectamente agarrado el estilo y el tono. La sorpresa final no rompe los límites prestablecidos por el comienzo: no saca del universo creado. Eso hace el relato más meritorio, para mi gusto, pero quizás no tan efectivo. En cuanto a la forma, como desde hace unos meses, yo diría que has cruzado una especie de umbral en calidad. Te veo lejos, macho. Aunque más por otros relatos anteriores que por éste.
  2. Earful, 2002-06-14 07:27:
    Me plantee varios finales: al final opté por no romper con el ambiente previo y buscar una resolución menos efectiva pero más “al hilo”. Ya sabes lo tiquismiquis que soy para eso de los finales… :)
  3. Outsider, 2002-06-14 07:42:
    Ah, otra cosa. Ella es conocida por escribir sonetos. Por eso él da por supuesto que lo que ella le está contanto son sus propios sonetos en lugar de marujeces. Pero él es sordo y no se entera. Pero no quiere reconocer que está sordo, por eso hace como que escucha. ¿No? Bueno, pues se hace un poco difícil la reconstrucción de todo esto: le dejas demasiado trabajo al lector de juntar los pedazos. Puede que haya quien no lo coja bien.
  4. Earful, 2002-06-14 07:57:
    Mmmm… Puede que tengas razón. Mi intención es que, más bien, el da por hecho que son sonetos (el libro abierto en las manos de ella mientras cotorrea.) Lo imagino pensando algo como: “Yo le leo uno, y ahora ella me lee otro. No pillo ni papa, pero, ya sabes: oído un soneto, oídos todos. Y esto es taaaan romaaaantico…” :)
  5. felipe, 2002-06-14 08:12:
    “puede que haya quien no lo coja bien”

    yo no le cogido el punto hasta que he leído el comentario…
  6. Jesús F.R., 2002-06-14 08:27:
    ¿Puede matar la forma al contenido?... Sin duda alguna este relato marca la diferencia entre literatura (hacer del lenguaje un arte) y contar historias (creo que yo estoy más en este apartado), pero es demasiado espeso para la poca chicha que realmente tiene. A mí personalmente no me gusta este tipo de literatura (acabé odiando a Anne Rice, porque de esta manera se puede escribir un libro de 600 páginas para contar una historia de 120).

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